miércoles, 9 de abril de 2008

La chica del metro.

Iba de pie, apoyada en una de las puertas del fondo, de las que no se abren.

El metro no iba muy lleno a esa hora y, al entrar en el vagón, la miré distraídamente.

Luego me senté frente a ella. El recorrido iba a ser largo, por eso me senté.

Me dirigía a recoger a mi pareja al aeropuerto y la línea rosa, desde dónde yo la cojo, es eterna.

Había olvidado coger un libro, que es lo que suelo llevar de acompañamiento en los trayectos largos. O la DS, que ahora me cautiva con el Brain Training.

Al principio mariposeé entre la gente, mirándola, viendo lo que llevaban puesto o lo que llevaban en la mano.

Pero luego me aburrí. Me observé las manos, me miré en los cristales de las ventanas de enfrente y.... volví a fijarme en ella. Seguía apoyada el las puertas, como abandonada en ese rincón por ella misma.

Era delgada, pero no mucho. Vamos, normal, pero delgada comparada conmigo.

Llevaba una gabardina beige encima de unos vaqueros azules. (¿Una gabardina beige? ¿pero eso se llevaba todabía?) De debajo de la gabardina asomaba el cuello alto de un gersey blanco. Los puños también le asomaban por las mangas.

No llevaba nada en la mano. Ni colgado. Ni había nada apoyado en el suelo, a su lado.

2 comentarios:

dintel dijo...

¿Por qué te llamó la atención?

Conso dijo...

Biennnn, volvemos a escribir historias.
Eso, cuentanos. ¿qué viste en ella?